Esa mañana extrañamente tibia de un agosto ventoso, cinco años atrás, su pupila lastimada por la luz contemplaba una herida en su brazo izquierdo. Se trataba de un tajo largo, de casi diez centímetros y extremadamente fino, como si tratara de una hebra del lino más fino de la India. Sin embargo, esta sutil laceración casi invisible lograba causarle un dolor furiosamente intenso, casi tanto como el que produce querer neuróticamente a otro ser humano.
Entre el dolor que sentía y bajo el efecto que éste le producía, sus mañanas se transformaban repentinamente en tarde rojas teñidas de abandono. Sus lunas y sus soles lograban aparecer a veces ciegamente distantes y, otras, dolorosamente próximas, acechandola y casi tirándosele encima.
Antonia había tenido esta misma herida desde hacía ya quince años, y la había acompañado en todos sus momentos importantes, pero jamás dolió como ahora.
Hija de un matrimonio de médicos ingleses, nacida en Escocia, había sido criada entre la casa de su abuela Ema en Inglaterra y una tienda de campaña de la Cruz Roja en Africa, mas precisamente en Etiopia.
Antonia todavía recuerda su niñez cálida y dulce, siempre de la mano de Abuela Ema, quien le preparaba los scones más ricos de toda Inglaterra. La vestía con vestiditos floreados con bolados y la llevaba al Cotton Park para que se hamaque hasta el cielo gris londinense.
Pero lo que no podíarecordar Antonia era el porqué y cuando de su herida fulminante.
Tenía varias hipótesis, eso sí, pero ninguna tan certera como para dejar de forzar la memoria atocigada.
Recuerda, por ejemplo, cuando viajó a ver a sus padres al continente seco y tuvo en sus brazos una cría de pantera, pero tan mansita era la pobre, que jamás hubiera podido lastimarla.
Quizá fue con el roce de una espina del rosal de la Abuela, pero era muy precabida y cuidadosa al caminar entre las rosas, así que tampoco pudo ser eso.
Su madre la examinó miles de veces, pero tampoco logró establecer el porqué de su herida.
Hasta que un día de mucho sol, todo salió a la luz.
Antonia se encontraba de vacaciones en los bancos de coral de Venezuela junto a su abuela, sus primos y tíos.
Con su primo Ulises- que por cierto eran inseparables- decidieron ir a nadar. Se pusieron las patas de rana y los antiparras y emprendieron viaje hacia el océano.
El agua era cálida como un par de mejillas rozagantes, pero aún así Antonia comenzó a sentir un ligero frío que le recorría gran parte de su cuerpo.
Me resulta raro explicar lo que Ulises me contó en el porche de su casa en Antofagasta hace poco más de tres años, y aunque él siempre tendió a exagerar todo, no me quedaba más remedio que creer en sus palabras por ser el único testigo de semejante acontecimiento, así que haré un esfuerzo.
En medio de la belleza y la liviandad que el agua transmitía, Ulises fue en busca de Antonia pero la notó un poco rara, lejana.
Ya fuera del agua intentó hablarle pero era inútil,Antonia , si bien fisicamente se encontraba a su lado,sus ojos expresaban lo contrario, ya su ser, su humanidad,y hasta su herida, ésa por la que tanto ella sufría, se habían extinguido.
Repentinamente el cielo se nubló por encima de ellos y comenzaron a caer sabanas rojas,y al poco tiempo todo estaba teñido de un rojizo intenso ¡imaginense una playa totalmente morada!. Sin embargo Ulises parecía no poder disfrutar de esa lluvia inesperada, le faltaba una gran parte de su ser, le faltaba Antonia.
Sumido en un sentimiento de amargura pero conservando un poco de esperanza todavía, comenzó a correr en busca de ayuda;pero en las calles, en la carretera, no había un alma, solo estaba él y su impotencia desmedida.
Cansado de forzar la vista intentando divisar una silueta en la lejanía, volvió al lugar dónde había dejado a Antonia, pero para su sorpresa, ella ya no estaba.No quedaba ni su aroma, ni sus cabellos, ni sus pechos acaramelados.
Ulises lo había perdido todo. Ya nada tenía sentido, ya nada sería igual.
Se encontraba solo, bajo la inmensidad de ese cielo azul y sobre esa playa morada profundamente confundido y abandonado. Se sentía abombado y al mirar sus pies los vió lejanos, como estirados, y sus dedos comenzaron a chorrear piel, sus caderas se fundieron en la arena y sus hombros sentían como si estuvieran sosteniendo un gran edificio, escuchaba voces, voces atormentadas que no le pertenecian y no le dejaban tranquilo. Comenzó a correr y correr, pero sus piernas no daban a basto, un paso que avanzaba era uno que retrocedía. Parecía un sueño. También el roce de la sabana parecía un sueño, las voces entimbradas en su cabeza casi buscaban el despertar de su letanía, sus lagañas que le raspaban los párpados y sus calambres, si, sus calambres, esos que siempre tenía luego de una noche de sueños extraños.
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4 comentarios:
calambres que dan calambres. un beso enorme juli.
me gustó el relato...lo leí con con tema de michel camilo y tomatito,de fondo...y fusionaron de una manera brutal..
Gracias por pasarte. Me encanto la manera de describir las cosas que tenes. Te ganaste un lector.
Besote
Muy bueno, me ha gustado mucho tu pagina.
te saludo desde
http://desdoblamientointelectual.blogia.com/
Suerte!!
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